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Relatos
Los adoradores de Venus
Nota para mentes calenturientas: Esta serie de relatos son pura ficcion
literaria, y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o
no...quién sabe.
1.
Había conectado por casualidad con esa web. No recuerdo en qué canal del chat
estaba, cuando leí una conversación entre dos de los nicks del canal, dos
sumisos, que hablaban sobre ella. Decían que era la mejor página fetichista de
Internet, en idioma español. Ya era una hora tardía, muy de madrugada, cuando
entré al canal que mencionaban. “A los Pies de Venus”, se llamaba. Y allí no
había nadie. Pero en el topic figuraba el acceso a su página web.
Miré la hora y estuve a punto de no entrar. Pero la curiosidad me venció. Visité
la página. El Ama, la Dueña de la página, era una tal Venus, supuse que la misma
a la que hacía referencia el nombre del canal. Miré las fotos. No me consideraba
sumiso pero sí fetichista. Me gustaban las piernas , los pies y el calzado
femenino. Mi experiencia en todo ello era escasa. Algún escarceo con alguna
novia que me tomaba por loco si le tocaba los pies y poca cosa más. Luego,
después de la adolescencia, por mi experiencia con las chicas, estaba convencido
de que no existían eso que conocemos como Amas ( a excepción de las
profesionales, que solo lo hacían para cobrar más que con otro tipo de relación)
ni ninguna mujer que disfrutara si la adoraban los pies.
Al día siguiente, a una hora más temprana, entré al chat y fui al canal. Allí
había un buen número de nicks de hombres con minúscula, o sea sumisos, y dos
Amas. Una de ellas era Venus. Saludé y comenté con un par de sumisos muy
agradables la web. Les dije que habían conseguido unas fotos muy sugerentes en
alguna parte. Me contestaron que no se habían conseguido en “alguna parte”. Que
todas las fotos eran del Ama Venus, que era quien dirigía tanto la web como el
canal.
Yo no me atrevía a dirigirme a Venus, porque pensaba que no me haría ni caso y
jugaría, como hacen una mayoría en el chat, a ser inaccesible para los sumisos
desconocidos. Pero, ante mi sorpresa, fue ella quien se dirigió a mi.
Hablamos. Me convenció de que eran sus pies los que salían en aquellas fotos,
adorados por sumisos de su misma ciudad a los que ella permitía ese
acercamiento. Cuando le dije mis impresiones acerca de que no creía en las Amas
y tampoco en que una mujer sintiera placer al ser sus pies adorados, se rió.
Eso me convenció más de que mis impresiones eran ciertas y se lo comenté. Pero
ella me dijo que se reía porque era muy infantil mi forma de intentar tener un
encuentro con ella.
Creo que me puse colorado yo solo en casa, chateando, al leer lo que me decía.
Juré y perjuré que no lo había dicho para conseguir conocerla. Parece que me
creyó. Luego, seguimos conversando todos en el canal durante un buen rato. Había
muy buen rollo entre la mayoría. Al final, con sueño, me despedí en el canal.
Iba a desconectar cuando vi que me hacían un privado: era Venus.
Me preguntó de qué ciudad era. Cuando le dije que de su misma ciudad, tardó unos
segundos en añadir algo. Me citaba en el centro, al dia siguiente, a las 12 del
mediodía, en un bar. Le dije que trabajaba, que no podía quedar por las mañanas.
Ella no se inmutó. Me dijo que ella estaría en ese bar a las 12. Si yo quería
conocerla, me las arreglaría para estar allí a esa hora. Si no, peor para mi.
Me quedé sin teclear hasta que ella me pidió una foto mía. La mandé. Al cabo de
unos instantes me dijo que si iba, ella me reconocería... y desconectó.
No pude casi dormir. No quería dejar de ir a trabajar pero la curiosidad de
conocerla era fuerte. Al final, me dormí un par de horas pero inquieto. Me
desperté a mi hora habitual. Las siete de la mañana. Me duché, me afeité, me
vestí, desayuné un café con leche rápido y, sin darme cuenta apenas... a las
nueve en punto estaba llamando desde mi casa al trabajo diciendo que había
pasado muy mala noche y que no iba a poder ir.
A las diez estaba delante del bar donde ella me había citado. Di paseos arriba y
abajo, de una esquina a otra, por la acera de enfrente del bar, hasta las doce.
Me había ido comprando diarios, hasta tres, que ojeaba sin enterarme de ellos
mientras de vez en cuando miraba hacia el bar y hacía elucubraciones sobre si la
chica que entraba entonces podía ser ella o no.
A las doce en punto entré al bar. Estaba bastante lleno. Primero recorrí toda la
barra sin que nadie llamara mi atención, luego miré a las mesas. De pronto, me
fijé en una mesa. Una mujer muy atractiva me miraba sonriente. Estaba sentada
con dos hombres a una mesa, los dos frente a ella. Sacó una foto de su bolso y
la miró. Luego, en dirección a mi, agitó la foto.
Me acerqué. Ella dejó la foto sobre la mesa para que yo la viera. El de la foto
era yo. Balbucí algunas palabras, luego, uno de los chicos que estaba con ella
se levantó y se sentó al lado de Venus. Yo ocupé, a indicaciones suyas, el lugar
de enfrente a ella.
Me presentó a sus dos sumisos. Luego, sonriéndome, me preguntó:
-¿Estás preparado para servirme?
Tragué saliva. No había tenido nunca la idea de pertenecer a nadie. Aún ante la
belleza y la personalidad de Venus, me costaba asentir.
Noté que algo tocaba mis piernas. Enseguida comprendí que había puesto uno de
sus pies sobre mi muslo. La miré a los ojos, que sonreían tanto como sus labios.
Me perdí en la profundidad de su mirada mientras me oía decir muy suavemente...
-Sí, Señora...
“No hay marcha atrás, o te entregas ahora o no me interesas. Serás mi cuarto
esclavo”, me comentó.
Miré a los dos chicos que me acababa de presentar y con los que había hablado ya
en el canal la noche anterior. Iba a preguntar quién era el tercer esclavo...
pero decidí no preguntar más.
“Seré su esclavo, sea cual sea el número, Señora”, le dije como en un susurro,
mientras su pie se retiraba de mi muslo para ir de nuevo a su zapato.
Se levantó y la imitaron sus dos esclavos. Yo también me levanté. Ella se retiró
algo y habló con los dos sumisos. Luego, mientras ellos salían del bar, vino
hacia mí.
“vamos”... dijo solamente.
Al cabo de media hora estábamos en un pequeño y acogedor apartamento, también
céntrico, del que Venus poseía la llave. No me atreví a preguntar nada. Solo
obedecía. Entró a un pequeño dormitorio, se dejó caer en la cama
despreocupadamente y me miró siempre con su encantadora sonrisa.
-Descálzame.
Extendió sus piernas de manera que los pies quedaron fuera de la superficie de
la cama. Yo tenía que arrodillarme para poder descalzarla. La miré. Ella, con
los ojos, hizo un mínimo gesto. Me arrodillé a sus pies y le quité muy
suavemente, perimero un zapato, luego el otro. Los dejé bien alineados bajo la
cama. Su pie derecho se movió, y puse mi mano, abierta con la palma hacia
arriba, para que apoyara su pie. No llevaba medias. Tenía las uñas pintadas de
color rojo sangre. La miré, como pidiendo permiso para besar sus pies. Ella lo
supo enseguida.
-Adórame los pies, mi esclavo.
La cogí con las dos manos, muy suave, primero su pie derecho... besé su empeine,
su tobillo, que tenía un nomeolvides alrededor, luego bajé mi cabeza, sentado en
el suelo a sus pies, para poder besar y adorar la planta, luego, besé sus dedos
maravillosos uno por uno. Ella no decía nada, solo la oía gemir de placer. Una
vez solamente me atreví a mirarla. Supe que su placer venía de verme totalmente
entregado a su poder y de las caricias que con mis labios y mi lengua le daba a
sus pies.
Repetí con el otro pie lo mismo, y también chupé todos sus dedos y lamí entre
ellos. No dejé un solo centímetro de sus adorables pies sin besar y acariciar.
La adoré lo que ella quiso y supe que la pertenecía, no solo cuando estuviera
así a sus pies, sino siempre, por lejos que estuviera de ella.
Luego, se levantó tras que me ordenara calzarla y me mandó desnudarme. Lo hice.
Cuando estuve totalmente desnudo, de un cajón de la cómoda que había en el
dormitorio,sacó una larga cuerda y con pulso firme y mucha experiencia en los
nudos, procedió a atarme por completo, dando la cuerda vueltas alrededor de mi
cuerpo, de modo que en poco tiempo estuve completamente inmovilizado.
Cuando comprobó que no podía zafarme de sus ataduras, me empujó y caí en la
cama. Luego vi como sin quitarse la corta falda que resaltaba sus perfectas
piernas, se quitaba las bragas. Se acercó a mi, siempre sonriendo. Con un gesto
me instó a que abriera la boca y me introdujo sus bragas en ella. Luego, puso
cinta de pegar sobre mi boca. Cuando acabó, se iba a ir ya, se detuvo en el
umbral de la puerta y me dijo:
-Dentro de una hora... o dos... o tres... vendrá uno de mis sumisos y te
liberará. A partir de este momento, me perteneces. Cuando menos lo esperes
recibirás mis ordenes. Y se que las obedecerás siempre. Te regalo mi sabor para
que estas horas sigas adorándome a través de uno de mis objetos.
Y se fue.
Ahora, desde hace ya un tiempo, soy el cuarto esclavo de Venus. Hoy,
precisamente, tengo que ir a liberar de unas ataduras, al apartamento, al quinto
esclavo que ella ha elegido. No hay lugar para los celos. Sus adoradores solo
deseamos su bien, su placer. Ella es todo para nosotros.
Los adoradores de Venus (2)
Nota para mentes calenturientas: Esta serie de relatos son pura ficcion
literaria, y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o
no...quién sabe.
Ella me ordena entrar a la habitación. Entro desnudo, como Ella desea que lo
haga, y a cuatro patas me acerco hasta el sofá donde está sentada. En la boca
llevo los folios. Me quedo ante ella, rozando con mi cabeza sus rodillas, la
mirada baja, fija en sus pies. Se que está sonriendo. Conozco su respiración.
Está satisfecha de su poder, sabe que la pertenezco. Me acaricia el cabello y me
siento aún más un perro de su propiedad. “Dame los papeles”, me dice, con esa
voz suave y sugerente que cuando escuchas por primera vez parece pertenecer a la
mujer más dulce del mundo y que usa sobre todo, sin embargo, cuando humilla a
sus sumisos.
Le entrego los papeles. No me atrevo a alzar la vista y cruzar mi mirada con la
suya. Veo de reojo que su dedo índice de la mano derecha señala el suelo, a sus
pies.
-Túmbate boca arriba.
Obedezco. Paralelo al sofá me tumbo de la forma que me ha enseñado. Mi rostro
queda justo a sus pies y ella los coloca, descalzos, sobre mi cara. Luego,
comienza a leer lo que la he entregado. Lo hace de forma parsimoniosa, como
saboreando cada sílaba que he escrito.
“He llegado al apartamento de mi Ama a las tres en punto de la tarde. Siguiendo
las instrucciones recibidas de ella, me he desnudado por completo y luego me he
colocado el delantal de doncella que ella me tiene asignado. He empezado por
barrer todo el suelo y después recoger la pelusa y el polvo de debajo de la cama
de mi Dueña y señora. Luego, he procedido a fregar el recibidor y el pasillo,
procurando no dejar un solo rincón sin atender. La cocina estaba intocada y
perfectamente en orden, por lo que supongo que el sumiso número uno estuvo ayer
aquí procediendo a su limpieza. He fregado el baño, he dejado la bañera
reluciente, como a ella le gusta. Luego, el lavabo, el bidé y el inodoro.
Después el salón. Todavía no hay muchos libros en las estanterías, el
apartamento es muy nuevo, y no hay excesivo polvo. Por último, he entrado en la
habitación de la Señora, he hecho la cama, he recogido la ropa del suelo y he
apartado la que llevo llevarme a casa para lavarla a mano. He colgado sus
vestidos y he dejado todo en orden.
Después, de rodillas, como ella desea, he limpiado todos sus zapatos, uno por
uno. Cada vez que acababa con un par, besaba su parte interior con devoción y
colocaba el calzado en su lugar.
Cuando he acabado todo, he vuelto a la cocina. Allí, al entrar, había dejado las
bolsas con la compra del día. He colocado todo distribuyéndolo entre la nevera y
las alacenas, según el caso. Todo en los lugares que se que se coloca y que el
sumiso número tres se sabe de memoria, pues él es quien cocina para nuestra
Dueña.
Después, he vuelto al salón, me he quitado el delantal y me he arrodillado de
cara a la pared, con la mirada baja, tal y como mi Ama me enseñó.
A las seis menos cinco, he mirado mi reloj de pulsera, he oído las llaves en la
puerta. Luego, el taconeo inconfundible de ella por el corto pasillo. Después,
silencio. Se que está detrás de mi y que sus bellos ojos no han perdido detalle
de la limpieza desde que abrió la puerta. Espero conteniendo la respiración.
Rezo interiormente para que todo esté conforme a sus deseos.
Al cabo de unos segundos que se me hacen eternos, sin saber si voy a recibir
algún golpe de fusta en mi espalda o no, por fin oigo su voz.
-Hola, esclavo.
Es la señal convenida. Me vuelvo, siempre de rodillas, y agacho mi cabeza para
besar sus zapatos, primero uno y luego el otro. Después quedo de rodillas con la
frente apoyada en el suelo, entre las dos punteras de sus zapatos.
Ella se va hacia la habitación. Yo la sigo a cuatro patas. Sentada en la cama,
la descalzo y la doy un pequeño masaje para que se le relajen los pies. Ha
caminado y se nota, tiene los pies sudorosos, pero se que está satisfecha
conmigo.
-Luego me retocarás las uñas.
-Sí, mi Ama.
Cuando acabo el masaje, espero sus órdenes.
-Prepárame el baño. Mientras me baño, escribe todo lo que has hecho hoy por mi
desde que has entrado en mi apartamento. Luego, me lo llevas al salón. Estaré en
el sofá. Si me gusta lo que lea, dormirás a mis pies, pero sin que te ate.
Se levanta y se va hacia el cuarto de baño. Yo , de rodillas, me acerco a la
estantería del salón y cojo papel y bolígrafo. En la mesita de centro escribo.
Espero que mi Dueña , cuando lo lea, esté contenta conmigo”.
Ha acabado de leer. Tengo las plantas de sus pies sobre mi cara. El maravilloso
olor de mi Ama me embriaga. De pronto, restriega levemente una de sus plantas
por mis labios.
-Bésame los pies, esclavo... te has portado bien.
Mientras me entrego por completo, una vez más, pienso, contento, que esa noche
estaré otra vez a sus pies mientras ella duerme. Y que en esta ocasión, no
tendré que aguantar las ataduras. Pero lo que más me gusta, es que se que ella
ha quedado satisfecha conmigo.
Los adoradores de Venus (3)
Nota para mentes calenturientas: Esta serie de relatos son pura ficcion
literaria, y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o
no...quién sabe.
Entran juntos. Ella delante, él siguiéndola, los dos sin hablar. Aunque Ella
puede decidir en cualquier momento lo que se debe hacer, él sabe cual es su
cometido. Ella se sienta en el sofá y saca un cigarrillo del paquete que lleva
en el bolso. El, rápidamente, lo enciende con su mechero. Luego la mira a los
ojos. Ella, mientras exhala el humo, hace un gesto apenas imperceptible, pero
que él sabe muy bien lo que significa.
Mientras se desnuda, él se está excitando, aunque no quiere que se le note. Sabe
que, tarde o temprano, se le notará la excitación. Pero no quiere que sea
enseguida. De reojo ve como Ella se pone cómoda en el sofá y cruza las piernas.
Hoy vuelve a llevar sandalias. En Madrid va haciendo calor y además de que le
gusta que admiren sus pies, va más cómoda con ellas. El sigue mirándola de reojo
mientras acaba de quitarse la ropa. Está preciosa. Además de guapa, es
atractiva. Y su cuerpo es objeto de admiración cuando va por la calle. El ha
visto muchas miradas masculinas dirigidas a Ella cuando pasean entre el denso
tráfico peatonal de la ciudad.
Cuando acaba de desnudarse, se acerca al sofá. Se queda de pie, con las manos
detrás juntas. Mira hacia abajo, en una mezcla de entrega y aprovechar para
lanzar una mirada a los pies de Ella.
Con un signo de su mano, le indica el suelo. El se arrodilla. Las medias de
pequeña malla se las ha vuelto a poner y le dan una imagen algo distinta a sus
pies, que se distinguen bien en las sandalias.
La quita el calzado y acerca su cara a los pies de Ella. Sabe que le gusta que
la adoren primero oliendo y luego acariciando sus pies cubiertos por las mallas
con la cara. Hace todo lo que sabe que a ella le gusta. No se da cuenta, pero su
excitación es ahora ya bien visible. Ella sonríe sin que él la vea al darse
cuenta. Es otra señal de la adoración que él siente por sus pies y por toda
Ella.
Cuando decide que ya está bien de ese principio de adoración, le dice que se
incorpore pero que siga de rodillas. Entonces, con su pierna izquierda, le
abraza y la atrae hacia sí. El se deja hacer. Tiene el muslo a la altura de los
labios e, instintivamente, lo besa.
Entonces Ella decide que ya es el momento de que le quite las medias. Y se lo
indica. El sabe cómo debe hacerlo. Con su boca llega a lo alto del muslo de la
chica e intenta bajar una media. Le cuesta; no quiere que se rompa y con los
labios es laborioso conseguir coger bien la media. Cuando lo logra, sujeta con
los dientes de manera que sabe que no se romperá la malla, y entre dientes,
labios y hasta nariz, va bajando la media a lo largo de la pierna. Al llegar al
pie, se centra en la parte de atrás del tobillo para hacer que la media rodee el
talón y salga. Los pies de Ella le brindan su sabor y aumentan el deseo del
entregado. Por fin, cogiendo la media de la punta de los dedos de los pies,
logra sacarla por completo.
Repite la operación con la otra media. Cuando Ella está ya descalza y con las
piernas desnudas, se tumba en el sofá. No dice nada, pero él, siempre de
rodillas, rodea el mueble y se coloca en el brazo en el que Ella apoya los pies.
Y empieza su adoración.
Primero recorre el empeine, desde el tobillo hasta la punta de los dedos,
primero con los labios, luego con la lengua. Luego, igual pero por la planta del
pie, de los dedos a los talones, con labios y luego, igual, con lengua. Después,
los dedos... uno por uno, primero un pie y luego el otro, besándolos,
lamiéndolos, metiéndoselos en la boca todo lo que le es posible. Y entre los
dedos, con la lengua, hueco por hueco, dando un masaje refrescante y relajante
que sabe que a Ella le gusta no solo porque se lo dice si no porque la oye gemir
de placer.
Luego, se tumba en el suelo todo lo largo que es, el rostro al pie del sofá y en
medio de éste. Ella vuelve a sentarse y coloca las plantas de los pies sobre la
cara de él. La estará besando y adorando así hasta que a Ella le apetezca. No
sabe el tiempo. A veces es media hora, otras más.
Luego, volverá a comenzar la sesión, esta vez en la cama Ella, tumbada
cómodamente, y él, desnudo siempre, arrodillado a sus pies.
Y los dos serán felices. Ella sintiendo su poder y él sintiendo que le
pertenece.
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