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Accidente
de automóvil
PRIMER DÍA: CONSECUENCIAS.
En aquella tarde de domingo, iba conduciendo con cuidado por un camino rural,
aunque el piso no era demasiado malo. A lo lejos, ví una bicicleta. Cuando me
fui acercando, ví que era una señora joven. Al ir a adelantar, ella cayó
literalmente sobre mi coche. Ella sola. No creo que ni siquiera mi coche la
tocara.
Inmediatamente bajé para socorrerla. Parecía asustada. No era nada, tan sólo
algún cardenal, pero me dijo que no podía mover el pié, y que si podía
llevarla a su casa. Y también a su bicicleta, claro, que había quedado en
bastante mal estado....
Afortunadamente, su casa estaba cerca, y en unos minutos habíamos llegado.
Ella no dijo una palabra en todo el tiempo, sólo algún gemido que hacía que su
bonito rostro se afeara. De hecho, perfectamente podría ser una modelo,
incluso apostaría por ello.
Estacioné mi coche en la puerta principal. La casa tenía buen aspecto. La
señora me dijo que la ayudara a salir del coche . Cuando abrió la puerta
percibí que debía ser bastante adinerada, por el aspecto del mobiliario. La
ayudé a sentarse en el sofá, y le traje un vaso de agua de la cocina.
Interiormente pensé que había tenido suerte de que no fuese a llamar a la
policía, porque los accidentes con lesiones siempre causan problemas, aunque
uno no tenga la culpa. Pronto estaré de nuevo conduciendo, pensé.
Cuando volví con el agua, observé que se había bajado los calcetines de
deporte a la altura del tobillo, lo cuál me extrañó, pues anteriormente me
aseguró que no se podía mover. Entonces me dijo que tenia muy doloridos los
tobillos, y me preguntó si podía hacer algo por aliviarlos. -Por qué no,
pensé.
Como no podía moverse, según dijo, también me pidió que le ayudara a quitarse
las nike. Así que me senté de rodillas en el suelo para quitárselos. Entonces
me pidió que le quitara también los calcetines, cosa que también hice. Sus
pies no paracían en absoluto lesionados, y tenía unas encantadoras uñas
pintadas de rojo. Probablemente el trabajo de un verdader profesional de la
pedicura.
Perezosamente, ella puso sus pies entre mis piernas y yo comencé a masajearle
los tobillos suavemente. Parecía gustarle.
Pasado algún tiempo, me pidiò que le diese el masaje algo más fuerte. Me
preguntaba si todavía le dolía de verdad el tobillo.
-Ya que estamos, masajee todo el pié, me dijo.
Empecé a masajear con cuidado sus talones, sus plantaas, sus dedos, sus
tobillos. Ella parecía muy relajada. Se le había dibujado una sonrisa en su
encantadora cara.
Entonces fue cuando me insinuó lo peligrosa que podía haber sido la situación,
y la suerte que había tenido de que no hubiese llamado a la policía. Me dijo
que ese masaje le había sentado muy bien, pero también me preguntó si podía
permitirme el lujo de pagar los gastos del accidente, porque según ella, toda
la culpa había sido mía. Ella no podía moverse y necesitaba a una persona que
la ayudase.
-No, no, le dije asustado. No soy tan rico. Podíamos llegar a un acuerdo, si
usted quiere...
-Entonces será usted quien me ayude mientras estoy lesionada. Parece bastante
bueno cuidando los pies. Yo creo que probablemente en un par de días me moveré
con dificultad, además de no poder ir a trabajar. Si le parece, puede quedarse
aquí, en una habitación que tengo arriba. Cuando me ponga bien, podrá usted
irse y los dos nos olvidaremos del episodio. ¿De acuerdo?
-bien, respondí. Tampoco tenía muchas opciones..
-Así me gusta. Natasha, Natasha Smith. Es un buen acuerdo
-Stanley, sólo Stanley (yo mentí, no era mi nombre real).
-Bien, Stanley, todo está claro. De hoy en adelante usted trabajará para mí
como mi sirviente y fisioterapeuta, hasta que me ponga mejor, -dijo ella
alegremente. ¿Podría ir a la cocina y traerme algo de comer? Un bocadillo será
suficiente, dijo ella quitando los pies de mis piernas.
Me dirigí a la cocina. La nevera estaba llena de golosinas. En seguida le
había preparado dos sandwich de queso y un jugo de naranja y los llevé al
salón. Ella todavía estaba en el sofá, descalza.
-puede dejarlos aquí al lado. Y encienda la televisión, por favor. Ah, y
tráigame el mando a distancia.
Hice todo lo que me dijo, y empezaba a pensar que los días siguientes iba a
estar muy ocupado. Al menos ella parecía cortés y comprensiva. Me senté en un
sillón que había al lado del sofá mientras ella comía su sandwich. Entonces me
dijo con voz suave:
-usted prepara muy bien los sandwich, Stan. Gracias por comportarse como un
caballero. Pero, ¿no olvida usted nada?
-pues no lo sé, señora....
-mis pies, Stan. Tengo frío. Caliéntemelos con sus manos mágicas, como hizo
antes...
-yo pensé que lo que estaba haciendo era aliviarle el dolor. Ya no le duelen,
Natasha? Si se encuentra mejor yo ya podría marcharme y olvidarme de todo este
asunto.
Su reacción me aturdió. De repente se puso muy seria y se la notaba enfadada.
-venga aquí ahora mismo, Stan. No me enfade más, y dejemos las cosas claras de
una vez por todas. Estuvo usted de acuerdo de quedarse como sirviente mientras
yo estuviese enferma. Y va a cumplirlo. De momento, no vuelva a llamarme
Natasha, porque usted y yo no somos iguales. Para usted, yo soy la señora. Y
no vuelva a cuestionar mis órdenes. Va usted a ser mi sirviente, o me veré
obligada a informar de todo el accidente a la policía.
Y ya sabe lo que puede pasar. Tengo buenos amigos en la policía local, y me
creerán a mí antes que a usted. Va a ser su miserable palabra contra la mía.
Es la última oportunidad que tiene, o se va de aquí y se atiene a las
consecuencias o se queda. Pero si se queda, lo hace con mis reglas, vale?
Empezaba a pensar que la cosa se ponía seria. ¿Qué diablos había pasado con la
señora seria, cortés y guapa que yo había conocido? Valoré la situación, y me
dí cuenta de que tenía pocas alternativas. Si ella contaba las cosas a la
policía a su manera, tendría que afrontar un juicio por atropello. No tenía
más remedio que aceptar sus condicones.
-lo entiendo perfectamente, señora. Me quedaré como sirviente por el tiempo
que usted estime conveniente.
-entonces no me haga perder más el tiempo. ¡Venga aquí inmediatamente y
caliénteme los pies!
Me puse en pié y volví a sentarme ante ella, con las rodillas en el suelo. Me
puso los pies entre las piernas y comencé el masaje. Cómo me llegó a
convencer, nunca lo sabré.
Ella terminaba su segundo sandwich, dejó el plato en una mesita al lado del
sofá y apagó la tele.
-ahora, hablemos de lo nuestro. Su voz sonaba dura y fría.
Ya que le gusta que le dejen las cosas claras, le voy a decir en qué consiste
su trabajo aquí. Lamentablemente, no es usted un sirviente profesional, eso
está claro. No sé en qué trabaja ni a qué se dedica, ni me importa. Aquí su
trabajo consiste en servirme y obedecerme. Si comete un error, deberá afrontar
el correspondiente castigo. Por supuesto, siempre puede usted dejarlo todo y
afrontar a la policía...Ahora le diré lo que debe y no debe hacer, para que lo
grabe en su mente. Odio repetir las cosas. Y no se moleste en responder,
porque usted sólo está autorizado a decir: SÍ, SEÑORA.
Todavía estaba masajeando sus pies, pensando en el lío en que me había metido.
Sólo puede mirarla a los ojos con una mirada obediente. A continuación empezó
a explicarme las reglas:
-nunca me proteste por nada.
-no me mire a los ojos a menos que yo se lo diga.
-mis deseos para usted son órdenes.
-no hable nunca, a menos que sea necesario, o yo se lo haya pedido.
-debe mantener la casa limpia y ordenada. Deberá lavar mi ropa, preparar la
comida, y mantener la casa en general.
-para hacerlo más fácil: haga usted todo lo que yo le digo, de la forma en que
a mí me gusta.
A propósito, no me gusta su nombre. ¿De verdad pensó que me creí ese absurdo
nombre? Qué tonto es usted. Le buscaré otro nombre, un nombre que le vaya
mejor. ¡Ah!, se me ha ocurrido uno perfecto. Se llamará usted Mucamo. (con
mayúscula...) Acostúmbrese a su nuevo nombre.
Mi nuevo nombre, vaya caradura. Mejor que me diga mi nueva posición social.
¿Cómo una mujer tan bella puede ser tan cruel?
-a ver, "señor Mucamo". Como no voy a poder ir al salón de belleza, también va
a tener que ser mi esteticista. Supongo que podrá ocuparse de mi pelo si le
doy instrucciones. Yo me encargaré de mis manos, pero el resto de mi cuerpo es
cosa suya, sobre todo mis pies. Estoy orgullosa de mis pies, y siempre quiero
tenerlos bonitos. Pero eso lleva su tiempo. Y yo no puedo agacharme, con este
dolor que tengo. Y no todo consiste en masaje. Le proporcionaré también el
vestuario adecuado. Ah, va a ser una convalecencia muy interesante, ya lo
verá. Qué suerte haber encontrado un mucamo tan bueno y obediente como usted.
Voy a disfrutar de todos los minutos que usted esté a mi servicio. Se está
haciendo realidad uno de los sueños de mi niñez...
Su voz era suave de nuevo.
-cuando era niña, soñaba con ser Cleopatra, reina de Egipto. Y disponer de
muchos esclavos que atendieran mis deseos. Soñaba durante horas, dando órdenes
y castigando a los que desobedecían. Sólo tengo un sirviente ahora, pero tiene
usted que hacerme feliz. Me parece que mi convalecencia va a ser más larga de
lo que creía, más que lo que usted había imaginado. Desde ahora, yo soy
Cleopatra y usted mi esclavo humilde.
-¿Tiene usted idea de lo que los esclavos de Cleopatra harían para mostrarle
su gratitud y sumisión?, me dijo empujándome con el pié derecho.
-no, señora, respondí levantándome del suelo.
-bien, pues no sepa nada. En realidad, no debe usted saber ni pensar nada. Con
obedecer le basta. Ya pensaré yo por usted.
-Ah, ya he "pensado", me dijo traviesamente.
-En el medievo, un señor besaba la mano de una señora para mostrar aprecio. Un
mucamo debe tener un gesto más humilde que eso. Ahora mis deseos son sus
órdenes, dijo con voz seria.
-Deberá usted besar mis pies cada vez que me quiera mostrar su gratitud.
Incluso si llevo zapatos...Ni qué decir tiene que todo esto lo deberá hacer de
rodillas.
-Creo que lo entiendo señora, pero ¿en qué momentos deberé comportarme de ese
modo?
-Pero qué bobo es usted, me contestó. ¿Acaso debo aclararle hasta lo más
obvio? Cada vez que me vea, mucama tonta. De hecho ya puede ir empezando, me
dijo al tiempo que me apartaba de ella dándome con el pié en la cara.
-vamos, mucamo. Acérquese hasta aquí y muéstreme sus respetos....
Inmediatamente, me acerqué de rodillas e inclinando mi frente hasta el suelo
volví a besar sus pies.
-¿Satisfecha, señora?, le pregunté.
-Sí, pero no es exactamente la idea que yo tengo de todo esto. Creo que
debemos improvisar algo. Veamos cómo se lo digo..
-En primer lugar, cada vez que usted bese mis pies, yo entenderé que sus
únicas intenciones son las de rendirme culto. Recuerde de nuevo que yo soy la
señora y usted el mucamo, y que mi posición es muy alta respecto a la suya.
Ahora probaremos algo más sofisticado, seguro que usted puede hacerlo.
-Bien, para empezar suprimiremos ese trato de usted con que me he dirigido a
ti hasta ahora. Ya sé que tu condición de mucamo no me da derecho a hacerlo,
pero el caso es que a mí me apetece. ¿Tienes algún problema en que así sea,
mucamo?
-No, no, señora. Es más, creo que no merezco el trato de usted que hasta ahora
me ha dispensado.
-Así me gusta, que haya consenso. Ahora arrodíllate ante mí, pero pon las
manos en el suelo y agacha la cabeza. De este modo podré descansar mis pies en
tus manos, mientras tú te dedicas a decirme cosas bonitas. Vamos, vamos, al
trabajo!
Ejecuté con precisión las órdenes que me había dado y le ofrecí las palmas de
las manos para que apoyara en ellas sus pies desnudos. Cuando lo hizo, tuve la
ocasión de verlos más de cerca, y sin poderlo reprimir posé un suave beso en
cada uno de ellos, pese a que eso no entraba en el guión.
-Aquí tiene un mucamo, señora. Ordene y la obedeceré. Lo grave era que me
empezaba a creer ese papel, y más todavía, que estaba empezando a gustarme.
Nunca lo hubiese sospechado, pero el hecho es que así era.
-Bueno, bueno. Esto va bastante bien. Ya empiezo a sentirme como una reina,
pero no me gusta que hables tanto. No estás aquí para hablar, sino para
escuchar y obedecer, recuérdalo. Así que de momento limita tu vocabulario a
"sus deseos son órdenes" y poquito más.
-A propósito, me acabo de dar cuenta de que me agrada sentir el calor de tu
respiración en los pies, así que quédate ahí abajo un ratito más respirando
para mí. Y no olvides quitarte el reloj en posteriores ocasiones. Hace
demasiado ruido al tocar el suelo, y además no te hace falta para nada.
Atendiendo sus órdenes, permanecí a sus pies "respirando" para darle calor.
Estuve tentado de volver a besarlos, pero no me atreví.
-Esas manos son una buena alfombra para pies, mucamo, así que acabas de ganar
el segundo título honorario: eres una buena calefacción de pies y un mucamo
personal. Qué versatilidad, no? No es estupendo?
-Sí, señora, es magnífico, le dije sin dejar de calentarle los pies con mi
respiración.
-¿Sabes, mucamo? Me gusta esta escena. Aquí estoy recostada en este diván como
una reina, con un hombre a mis pies en actitud sumisa y obediente.
Sinceramente, me parece que eres mejor que el perro que tenía. Deberías verte
en un espejo, me dijo sonriendo jovialmente. Si alguien te viese, diría que
eres una alfombrilla calientapiés. Y lo mejor de todo es que me perteneces, y
puedo hacer contigo lo que me plazca.
Cuando termine con tu entrenamiento, serás mi mejor obra. Aprendes rápido, y
eso me gusta. Estoy segura de que con mi ayuda te convertirás en un mucamo muy
capacitado. Qué envidia me tendrán mis amigas cuando vean cómo trabajas...
Incluso te podría prestar por horas. Más tiempo no, porque prefiero que me
sirvas a mí, pero siempre es una opción. Estoy tan ilusionada por que te vean
mis amigas! De hecho, mañana tendremos aquí una fiesta, sí, lo acabo de
decidir.
Escucha atentamente, porque este es tu programa de actos para mañana, mucamo:
-en primer lugar, te ocuparás de la comida. Me gustan las cosas simples y
ligeras: sandwiches, ensaladas, tostadas, menestra, queso y zumos. El vino y
demás bebidas alcohólicas están en la barra, al lado de la tele. En la nevera
hay cerveza fría. Por mi parte, procuraré no molestarte para que puedas hacer
las tareas, pero no te prometo nada.
-A mediodía, tendrás treinta minutos libres, después de servirme el almuerzo.
Después prepararás la cena para mis invitadas. Y después me ayudarás a
acicalarme. Quiero que mis amigas me encuentren impecable incluso en el más
mínimo detalle, de la cabeza a los dedos de los pies. Me prepararás el baño,
me atenderás durante el baño, y me ayudarás a arreglarme el pelo. Luego me
darás un masaje integral con una loción que yo te diré, y finalmente te
ocuparás de mis pies. Mañana te daré más detalles, no obstante. ¡Dios mío, qué
feliz soy!. Eres para mí como un boleto premiado, mucamo.
-Y mañana te presentaré a mis amigas como mi mucamo personal. No creo que
tenga que decirte que para mañana espero de ti el mejor de los
comportamientos. Si al final del día no estoy satisfecha serás debidamente
corregido. Aquí no habrá más hombre que tú, así que toma conciencia de la
situación.
-Como continuaba respirando a sus pies no podía verle el rostro, pero podía
adivinar por su voz que ella estaba entusiasmada como un niño pequeño
consentido. Intuía que mañana iba a ser un día duro para mí, sin embargo
estaba extrañamente ilusionado también, aunque objetivmente no tenía ningún
motivo. ¿Qué me estaba pasando, diablos?
-Vale de respirar, mucamo, me dijo mientras me lanzaba lejos de ella empujando
con la planta de su pié sobre mi cara. Me voy a acostar, ven a ayudarme.
-Sin hacerme caso (debido a su patada yo estaba a dos metros de ella de
espaldas en el suelo) se puso de pie y subió hacia su dormitorio. Un chasquido
de sus dedos me pareció que significaba que la siguiera, así que eso hice.
Su dormitorio era grande, ordenado e inteligentemente amueblado. En el centro
había una gran cama cubierta por un edredón rosa.
La ayudé a desnudarse, a ponerse el camisón y aparté la manta para que pudiese
acostarse. Ya sentada en la cama me ordenó que le limpiara las plantas de los
pies, pues se habían ensuciado por culpa de no tener a punto sus zapatillas
cuando debía....
Así que procedí a arrodillarme ante ella y limpiar el polvo de sus plantas
cuidadosamente, usando los dedos. Cuando terminé con el pié derecho, lo
deposité cuidadosamente en el suelo y procedí con el otro.
Cuando terminé, tomé cuidadosamente sus dos pies en mis manos, les dí un beso
de buenas noches y también le dí las buenas noches a mi señora.
Ella alzó sus pies y se metió en la cama sin decir palabra. La arropé y salí
de su dormitorio cerrando cuidadosamente la puerta tras de mí.
Mi cuarto estaba junto al suyo. Era pequeño, pero no estaba mal. Una puerta
pequeña daba a un diminuto cuarto de baño. No parecía en concordancia con el
resto de la casa, pensé.
El baño principal estaba enfrente del dormitorio de la señora. Sin embargo
también se podía acceder desde él al dormitorio. Este sí era grande, y estaba
magníficamente decorado. La bañera, como una pequeña piscina redonda, estaba
en un rincón, con cortinas para mantener la privacidad si fuese necesario. Al
lado había un sillón con un taburete reposapiés, y las zapatillas de la
señora. Enfrente, un gran armario lleno de zapatos de todo tipo. Al lado del
armario grande, había uno más pequeño donde se guardaban toallas. Y sobre él
pude observar toda clase de cremas de belleza y lociones, incluso un equipo de
manicura (limas, tijeras, quitaesmaltes, almohadillas, laca...) . Detrás de la
puerta estaba el cesto de la ropa sucia, y un enorme espejo ocupaba por
completo una de las paredes.
Me pregunté qué acontecimientos me esperaban en los próximos días, pero no
acerté a responder.
Cogí sus zapatillas, las llevé a mi cuarto y las puse sobre un armarito
pequeño que tenía. Así no las olvidaré la próxima vez, previne. Bajé a la
cocina para familiarizarme con la ubicación de los elementos y utensilios.
Fregué los platos y salí a la calle para aparcar mi vehículo en la parte
trasera de la casa, ya que no lo iba a necesitar durante un tiempo.
Finalmente, me retiré a descansar, para tomar fuerzas para el día siguiente,
que se presentaba movido. Me acosté y me dormí rápidamente.....
CONTINUARÁ, ESO ESPERO..
santiagoo
santiagoo_f@yahoo.es
CAPÍTULO 2. EL BAÑO Y LA REUNIÓN
A la mañana siguiente, me desperté con el sonido de una campanilla. Será la
puerta, pensé. Me vestí y bajé rápidamente, pero una voz áspera me hizo
detener.
-Mucamo, viajas en dirección equivocada.
-¡La señora!, me dije a mí mismo. Mejor que vaya deprisa. Tan pronto como
pude, fui a mi cuarto, cogí sus zapatillas y corrí hacia su dormitorio.
Llamé brevemente y entré. Me arrodillé al lado de su cama y deposité sus
zapatillas en el suelo, manteniendo la cabeza en posición humilde, mirando
hacia el suelo.
-Buenos días, señora. Espero sus órdenes, le dije.
-La próxima vez que vengas tan tarde deberás decir: espero su castigo, me dijo
burlona.
-Vamos, tráeme el desayuno. Tostadas, mantequilla, mermelada y zumo de
naranja. Ah, y mi agenda. Está al lado del teléfono.
Me puse en pié y fui a preparar el desayuno al piso inferior. En diez minutos
lo tenía todo listo, y ya estaba de vuelta con la bandeja del desayuno y la
agenda.
-El desayuno, señora. Le ofrecí la bandeja y me arrodillé en el suelo,
esperando sus órdenes.
Parecía gustarle el jugo de naranja.
-Buenas naranjas, frescas, como a mí me gustan. Vamos, ve a preparar mi baño
de espuma, mucamo. Acabo de decidir que primero te dedicarás a cuidarme.
Tiempo tendrás de preparar la comida para la fiesta. Debes poner agua
templada, espuma y sales. Y procura que me guste...
-Intentaré que todo sea de su agrado, señora, le dije. Acto seguido salí del
dormitorio.
Entré en el baño principal, abrí el agua y ajusté la temperatura. La puerta
que comunicaba con su alcoba estaba entreabierta, y pude ver cómo ella hablaba
por teléfono. Parecía divertida, y aunque no pude escuchar bien, por las
palabras sueltas que capté ella hablaba de una sorpresa en la reunión. La oí
decir que había tenido un insignificante accidente por culpa de un imbécil,
pero ya lo había puesto en su lugar. No sé por qué, me pareció que yo salía en
esa foto........-No, nada de eso. Únicamente vamos a reunirnos chicas, no se
permite la entrada de hombres, excepto uno, bueno, ya te contaré....
El baño ya estaba listo. Había puesto un poco de espuma y sales, tomé un par
de toallas del armario y las puse sobre el sillón que había al lado de la
bañera. Esperando no haber olvidado nada, volví al dormitorio, donde ella
todavía hablaba por teléfono. Permanecí de rodillas mientras finalizaba su
llamada.
-Su baño está listo, señora. Le dije con voz suave.
-Bueno, vamos a ver si de verdad está listo.
Sam tiró de la manta y se incorporó. Antes de que sus pies tocaran el suelo yo
estaba allí para tomarlos en mis manos y besarlos con devoción. Ella se recreó
en la situación y esperó a que finalizara ese inesperado homenaje.
Un leve golpecito de su planta en mi mejilla me hizo entender que se había
cansado. Inmediatamente le puse las zapatillas.
Ella se puso en pié y me hizo un gesto para que la siguiera. Cuando llegó al
borde de la bañera, no necesitó decirme nada para que yo le quitase las
zapatillas. Entonces introdujo la punta de su pié derecho en el agua, para
probar la temperatura. Era de su agrado.
Me ordenó correr las cortinas y permanecer fuera, y me fue dando su ropa por
encima de ellas.
Ahora está desnuda, pensé mientras un acaloramiento repentino me invadía. Puse
la ropa en el cesto de la ropa sucia, y, para mi sorpresa, ella me llamó con
un chasquido de dedos y me ordenó abrir las cortinas y ayudarla en el baño.
Cuando aparté las cortinas, la vi rodeada de espuma, relajada y bellísima. Me
arrodillé al borde de la bañera y comencé a masajearle suavemente su precioso
pelo castaño. Me dio una esponja natural y comencé a frotar su espalda con
delicadeza. Estaba preciosa. Se recostó descansando su cabeza en una almohada
que había en uno de los bordes y estiro una pierna perezosamente. Al moverse
el agua rebosaba de la bañera y me estaba mojando, pero no me importó. Comencé
a frotarle las piernas con la esponja, desde los muslos a las plantas de los
pies, poniendo especial atención entre sus dedos. No me atrevía a mirarla a la
cara, pero estaba seguro de que ella estaba satisfecha con mis atenciones. Y
de alguna manera también yo lo estaba. Tenía la sensación de que ella me
estaba mirando todo el tiempo.
Finalmente, volvió a ordenarme salir, cerrar las cortinas y sacarle una toalla
grande. Cerré las cortinas y le pasé la toalla.
-Puedes abrir, mucamo.
Abrí las cortinas de nuevo, y allí estaba ella, envuelta en una gran toalla
blanca, y escurriendo todavía agua por el suelo. Estaba preciosa, o eso creía
yo, porque no me atreví a mirarla a los ojos. A continuación se sentó en el
sillón.
-Vamos, mucamo despistado. Sácame otra toalla y envuelve mi pelo.
Obedecí y le rodeé su precioso pelo húmedo con otra toalla.
-No te quedes ahí de pié, vamos, ven aquí y sécame los pies.
Cogí una nueva toalla -la tercera- y me puse de rodillas delante de ella,
colocándola entre mis piernas. Ella alzó su pié derecho y lo extendió sobre la
toalla, frotándolo suavemente contra ella. Entonces tomé yo la iniciativa y
comencé a secar sus pies, poniendo atención entre sus dedos. El esmalte de las
uñas todavía estaba bien, pero debido a la permanencia en el agua se habían
desprendido algunas partículas casi inapreciables. Sus pies conservaban el
olor a rosas del baño de espuma.
-Muy bien, muy bien, mucamo. Hasta ahora no lo haces mal, estoy razonablemente
satisfecha. Voy a darte un curso acelerado y pronto serás un buen especialista
en servir a señoras. No me defraudes..
-No es mi intención defraudarla, señora. Trataré de hacer todo lo mejor
posible para que usted se sienta satisfecha. -Definitivamente había perdido
todo vestigio de orgullo y ya estaba totalmente centrado en mi nuevo papel.
Estaba secando su otro pie cuando me vi reflejado en el espejo de la pared
contigua. Allí estaba ella cómodamente sentada en el sillón, conmigo a sus
pies en actitud sumisa. Realmente parecía Cleopatra, y yo estaba
transformándome en un mucamo especializado y obediente. La idea empezaba a
gustarme.
Cuando acabé de secarle los pies, incliné la cabeza hasta el suelo y posé un
beso en cada uno.
-Parece que te empiezas a meter con entusiasmo en tu nuevo rol, y eso me
gusta. Te tomas esto en serio y eres responsable. Estoy segura de que vamos a
llevarnos muy bien los dos.
Ella levantó su pié izquierdo y lo descansó sobre mi cabeza, mientras me
frotaba distraídamente el pelo con su planta. Yo todavía apretaba más los
labios contra su pie derecho, y por primera vez después del accidente estaba
muy feliz. Ella me levantó la cabeza con el pie y comenzó a juguetear con mi
cara. Me cerraba los ojos con el dedo gordo, me pasaba la planta por las
orejas, me agarraba la nariz entre dos dedos.......Me agarró la nariz, sí. Y
entonces tuve que empezar a respirar por la boca, porque por la nariz no
podía. Con su otro pie se dedicó a frotarme los dientes, y de repente hizo
fuerza para metérmelo en la boca, hasta que sus uñas casi me tocaban el
paladar. Empezó a mover los dedos dentro de mi boca como si estuviese
intentando explorarla. Yo debía mantener la boca muy abierta para no herirle
el pie con los dientes. Al final ella se cansó y lo sacó. Lo apoyó sobre mi
cabeza y me la bajó hasta el suelo. Me puso los pies sobre las manos para que
los besase en esa difícil posición. Y así lo hice por espacio de veinte
minutos.
-Es tu premio por haberme agradado hoy, mucamo. Aprovéchalo, me dijo.
Considera el que te deje besarme los pies tan prolongadamente como una muestra
de mi reconocimiento.
-Basta. Ahora saca el secador del pelo del armario de las toallas y empieza a
trabajar.
Cumplí prestamente todas las instrucciones, y empecé a cepillarle el pelo al
tiempo que lo secaba.
Su pelo era encantador. Estuve secándolo sobre media hora pero el resultado
fue magnífico. Tomé un espejo para que ella pudiera contemplarse.
-Bien hecho, mucamo. Ahora vas a traer la canastilla de la manicura y un par
de toallas pequeñas. Vas a aprender a cuidar y embellecer tanto mis manos como
mis pies. Quizá te sirva para trabajar en algún salón de belleza...Hasta
ahora, viendo tu progreso, yo diría que no lo harías mal.
Cogí la canastilla, el taburete reposapiés y me senté delante de ella, con
todo dispuesto. Me ordenó que extendiera una toalla sobre mis piernas y
atendiese sus instrucciones. Me explicó que una manicura o pedicura bien hecha
requiere respetar ciertos pasos. Yo los iría aprendiendo sobre la marcha.
Siguiendo sus instrucciones, tomé una almohadilla quitaesmalte y comencé a
retirar cuidadosamente el barniz de las uñas de sus manos... Ella me enseñó
entonces cómo debía arreglarle las uñas con ayuda de la lima. No se debe usar
el cortaúñas, me aclaró. La lima es mucho mejor, aunque más lenta, es cierto.
Me puse al trabajo, y la verdad es que no me resultó difícil. Tan sólo me
dediqué a seguir al pie de la letra las órdenes que me daba. Nunca hubiera
dicho que se me diese tan bien ese trabajo.
Cuando terminé con la lima, me enseñó el modo de quitar la suciedad que
pudiese haber bajo la uña con ayuda de una herramienta especial. Debo confesar
que tuve miedo de hacerle daño, pero por suerte todo fue bien.
Después me enseñó cómo quitar la piel muerta de la superficie de la uña con
ayuda de un cepillito pequeño, almohadillas de algodón y un palito.
Y finalmente me mostró la forma de pulir sus uñas con ayuda de una lima
especial. Me aclaró que no me veía preparado todavía para poder aplicarle el
esmalte, y que no lo iba a hacer en este momento, aunque esperaba que en breve
fuese capaz de hacerlo.
Me aconsejó practicar sobre mis propias uñas en mis ratos libres. Cuando
terminé de pulirle las uñas se miró la mano y me comentó que había hecho un
buen trabajo para ser la primera vez. De hecho su mano estaba muy bonita, con
las uñas brillantes, tanto que parecían pintadas con algún barniz
transparente. Le dí un pequeño masaje en la mano con una crema hidratante y me
dispuse a efectuar el mismo trabajo en la mano derecha. Esta vez no le hizo
falta decirme nada. Recordaba perfectamente las instrucciones que me había
dado antes. Me sentía orgulloso de haberle hecho por primera vez la manicura a
mi señora.
-Muy bien, mucamo, me dijo mi señora mientras contemplaba sus manos. No creí
que aprendieses tan rápido. ¿Será que tienes un talento natural para esto?
Probablemente....
-Ahora toca la pedicura. Pero antes de que empieces, ve a mi dormitorio y
tráeme una revista de moda, cualquiera de las que hay en la mesita de al lado
de la cama.
Fui a su habitación y en seguida estuve de vuelta con la revista. Cogí el
taburete y me senté enfrente de ella. Bueno, me senté en el suelo. El taburete
lo dejé libre para que ella pudiese poner allí los pies. A Sam no le pareció
del todo bien el hecho de que me sentase, me dijo que le gustaba más verme de
rodillas, con el culo apoyado en los talones. Así trabajarás mejor, me dijo.
Así que, dicho y hecho.
Sam extendió un pie y lo apoyó sobre el taburete, que estaba cubierto por una
toalla blanca. No dijo nada y se puso a hojear la revista, así que la duda se
apoderó de mí. No sabía cómo empezar.
-¿La señora desea que le quite el esmalte?, pregunté.
-¡Ah, sí!. Haz exactamente lo mismo que con las manos. Más adelante ya te
matizaré mejor los pasos a seguir para una pedicura adecuada, pero hoy, por
ser primer día, es suficiente con que cumplas con los pasos de la manicura, me
dijo sin mirarme.
De nuevo se me fue la vista hacia el espejo y pude contemplar la estampa de mi
señora cómodamente sentada en el sillón leyendo la revista con el rostro
relajado y yo arrodillado y con la cabeza inclinada hacia delante. No era
precisamente un fotograma para ilustrar una conferencia sobre la igualdad de
sexos.
Quizá Sam tenga razón, pensé. Probablemente, todo esto estaba en mi destino.
¿Será verdad que estoy especialmente dotado para servir, y hasta ahora no me
había dado cuenta?
De regreso a la realidad, comencé a retirar el esmalte de sus uñas, empezando
por el dedo pequeño. Todo en general era más difícil que la manicura, desde la
incómoda postura que estaba obligado a soportar hasta la dificultad que supone
el hecho de que los dedos sean más pequeños, más difícil mantenerlos
separados...y por supuesto, por su nula colaboración para contribuir a mi
comodidad.
Pronto descubrí que la manera más fácil de separar sus dedos era sujetar cada
dedo con el índice y el pulgar y tirar suavemente de él. También me dí cuenta
de que para quitar el esmalte antiguo lo mejor era presionar con el algodón
sobre la uña unos momentos, y apartarlo después presionando sobre la uña hacia
fuera.
Pregunté humildemente a mi señora si podía poner su otro pié sobre mis
piernas. No respondió ni me miró, pero lo hizo.
Cuando hube quitado todo el esmalte antiguo me sorprendió ver que sus uñas
estaban perfectas, con un saludable color sonrosado. No me extraña que ella
estuviera orgullosa de sus pies. De repente me dí cuenta de que me sentía
fuertemente atraído por sus pies. ¿Sería todo esto un sueño?
Comencé a limar sus uñas con movimientos muy suaves, poniendo un esmerado
cuidado en cada dedo. Imaginaba lo bien que iban a quedar después de mi
trabajo. Después quité la suciedad de debajo de las uñas y las pieles muertas.
Cuando terminé comencé a pulir la superficie de sus uñas con ayuda de una lima
especial. Me llevó mas de dos horas finalizar esa tarea, porque debía efectuar
las operaciones muy despacio para no incomodar a mi señora.
Pero cuando terminé el resultado fue asombroso. Sus uñas estaban perfectas. Le
apliqué una loción en los pies y les dí un suave masaje. Al final no pude
contenerme y tomé los dos pies con mis manos y posé un beso sobre cada uno de
sus bellos dedos.
Cuando lo estaba haciendo, ella dejó de leer de repente y me miró con una
media sonrisa. Mi respuesta fue plantar dos nuevos besitos sobre sus plantas.
-Creo que he terminado, señora.
Ella examinó sus pies y sonrió ligeramente.
-No está mal para empezar, mucamo. Tienes dotes para este trabajo. Anda, ponte
de rodillas aquí, delante de mí.
Ella alzó sus pies del taburete para que yo pudiese quitarlo. Así lo hice, y
ocupé el lugar del taburete retirado. No podía apartar la mirada de sus uñas.
-Ahora vas a tener tu recompensa, mucamo. Puedes besar mis pies con
tranquilidad, pero siempre teniendo en cuenta que no debes molestarme.
Disfruta, pero que yo no me sienta agobiada.
-Muchas gracias, señora, le dije. Y comencé a besar sus pies. Sin embargo,
sólo pude dar tres besos, porque en seguida ella me interrumpió.
-Se acabó, mucamo, me dijo mientras me enviaba lejos de ella de una patada.
Sigamos con nuestras cosas. Voy a salir a la ciudad a dar un paseo. Mientras
tanto, tú te quedarás aquí preparando la cena, y recuerda que hoy recibo
amigas. Tráeme las zapatillas, vamos.
Como movido por un resorte, en dos segundos estaba de nuevo a sus pies y le
puse las zapatillas.
La seguí hasta el dormitorio, pero al llegar me ordenó permanecer en la
puerta. De repente, chasqueó sus dedos, señal de que quería verme.
Estaba de pié junto al armario. Se había puesto una camiseta, y tenía unos
pantalones en la mano.
Se sentó en su sillón y no necesitó decir nada para que yo cogiese unas medias
del cajón y le ayudase a ponerlas. Después le saqué un par de zapatos de medio
tacón negros del cuarto de baño y se los puse.
-Un besito, que me voy. Me dijo. Aquello me dejó algo confuso. ¿Ahora me pedía
un beso? Me incorporé para besarla, pero una pequeña bofetada me devolvió a la
realidad.
-Un besito en la punta de mis zapatos, mucamo. Disculpa, debería habértelo
dicho antes. Vamos, vamos, ese besito.
Volví a inclinar la cabeza hacia el suelo, pero cuando iba a llegar, ella de
repente retiró su pié.
Se acabó el tiempo, mucamo. Otra vez sé más espabilado. Bueno, debo irme. Y no
olvides tener listo el almuerzo para cuando vuelva.
Escuché el sonido de la puerta y el automóvil al salir. Pensé que debía
aprovechar el tiempo y fui a la cocina a preparar la comida sin más dilación.
Como dije antes, su frigorífico estaba lleno, por lo que no tuve demasiados
problemas con los ingredientes. En poco menos de una hora tenía preparados
unos bocadillos, dos ensaladas, queso, jamón, huevos duros y unas tortillas.
Hice también muchos zumos de naranja natural, y puse más cerveza en un
congelador que había en el sótano. Preparé también un plato especial para el
almuerzo de mi señora, en el que intenté poner toda la imaginación que me fue
posible. Limpié la cocina y fui al salón para asegurarme de que todo estaba en
orden. Había un buffet en una esquina de la sala. Ese sería el lugar donde yo
dispondría toda la comida y bebida que había preparado.
El cansancio se apoderaba de mí, pero todavía tenía que limpiar su baño y
arreglar el dormitorio. Cuando ya hube terminado todo, después de tres horas,
fui a mi cuarto para telefonear a mi jefe y ofrecerle alguna explicación sobre
mi ausencia. No se dio por satisfecho, y me amenazó con despedirme si no me
presentaba el miércoles por la mañana en el trabajo.
No llevaría más de veinte minutos durmiendo cuando escuché el sonido del
automóvil de la señora. Corrí hacia su dormitorio, cogí sus zapatillas y bajé
a la puerta para recibirla. Me arrodillé y esperé su llegada.
Cuando abrió la puerta, incliné la cabeza hacia el suelo y permanecí allí.
-Mucamo tonto, me has asustado, me dijo con una voz entre sorpresiva y
satisfecha al mismo tiempo.
Se detuvo ante mí y me dio unos breves golpecitos con el pié en la cara.
-Vamos, levanta de ahí y ponme las zapatillas. Tenemos mucho que hacer.
La seguí mientras caminaba por la sala, y cuando se sentó en el sofá y
extendió los pies hacia mí posé un beso en sus zapatos, se los quité y le puse
las zapatillas, esperando nuevas órdenes.
-Te he traído un regalito, toma, me dijo mientras me ofrecía un libro. Miré el
título. "Guía práctica de los cuidados de las uñas". Léelo bien. Ahí tienes
varias ideas que pueden ayudarte a complementar tu formación.
-Muchísimas gracias, señora. ¿Me da permiso para subirlo a mi cuarto para
estudiarlo por las noches, cuando usted se acueste?
-Vale, pero te quiero aquí en quince segundos.
Tiempo suficiente. Subí los peldaños de dos en dos, y en trece segundos ya
estaba de nuevo de rodillas ante ella.
-Sírveme la comida, mucamo. Y enciende la TV.
Como ya tenía su plato dispuesto con anterioridad, en seguida estuve de
vuelta. Encendí la TV, le dí el mando a distancia y le dispuse la bandeja
sobre una mesita. Permanecí de rodillas a una distancia prudente para no
importunarla mientras comía.
Ella comenzó a comer pausadamente, mientras veía la TV y sorbía de vez en
cuando un poquito de jugo de naranja. Cuando terminó me miró y me dijo:
-Creo que voy a dormir una siesta. Te recomiendo que hagas lo mismo y
descanses, pero antes recoge los platos y ordena la cocina. Quiero que estemos
descansados para esta tarde. Espero que no me defraudes....
-Intentaré no defraudarla, señora. Pondré todo mi empeño, se lo aseguro, .le
dije.
Sin más palabras, ella se levantó y se dirigió a su dormitorio. Dudé un
momento en seguirla, puesto que no me lo había pedido, y quizá sería más
oportuno quedarme recogiendo la cocina, tal como me ordenó. Pero la seguí, y
acerté, porque en cuanto llegó a su cuarto se sentó en el sillón y me buscó
con la mirada para que le quitase las medias.
No pronunció palabra. Comenzábamos a entendernos sin hablar. Prestamente, le
desabroché los ligueros y deslicé sus medias hacia abajo con habilidad
mientras ella miraba a un punto fijo, quizá ensimismada en sus pensamientos.
Cuando hube terminado no pude evitar posar un beso en cada uno de sus pies
para demostrarle mi fidelidad. Sin embargo, no pude darle el segundo beso,
porque cuando iba a hacerlo noté un fuerte golpe en mi cabeza y caí de
espaldas al suelo.
-¿Vas a empezar ya con tus besitos, mucamo? He dicho que voy a dormir siesta,
y a ti todo lo que se te ocurre es empezar con absurdos besuqueos en momentos
que no vienen al caso. ¿No ves que estoy agotada? Claro, mientras tú andas
toda la mañana vagueando por la casa yo no he parado de trabajar en toda la
mañana. Ábreme la cama y desaparece de mi vista, quiero descansar.
Aturdido por lo que acababa de suceder, sólo acerté a cumplir su orden lo más
rápidamente que pude. Descubrí la cama y cuando ella se acostó me dirigí hacia
fuera. Antes de salir ella me detuvo.
-¿Mucamo?
-Señora....
-No me guardes rencor. A veces me pierde el carácter.
-Algo de responsabilidad tengo yo también, señora. Creo que cuando le daba
esos besos, estaba buscando más mi propio placer que el suyo, confesé
sorprendiéndome yo mismo de mis propias palabras.
-Eso intuí, y por eso te ganaste la patada. Pero no quería darte tan fuerte,
de veras. Y ahora vete y descansa tú también.
La dejé definitivamente y me puse rápidamente a dejar en orden el salón y la
cocina. Después subí a mi habitación y hojeé un momento el libro que ella me
había regalado, ese Manual para el cuidado de las uñas. Lo encontré
interesante y útil, y decidí que lo leería en profundidad en otro momento. Con
la mente puesta en la incertidumbre que me provocaba la visita de sus amigas,
caí en un profundo sueño.......
Ya era de noche cuando me despertó el sonido de una campañilla. Era la señora.
Me levanté atolondrado, pero en menos de medio minuto ya estaba llamando a su
puerta.
-Baja a la cocina y enciende el horno y la calefacción, me dijo desde el otro
lado. A ver qué deprisa lo haces y vuelves...
Cumplí sus órdenes a la velocidad del rayo, regresé inmediatamente. Cuando
volví la encontré ya con las piernas fuera de la cama, así que me adelanté a
sus órdenes, me arrodillé como de costumbre y comencé a besuquear sus plantas
intentando hacerle saber que no pretendía obtener placer alguno en ello, tan
sólo mostrarle cuánto le pertenecía. Ella, a su vez, me demostró el control
que tenía sobre mí con la patadita en la cara de rigor cuando se hubo cansado
de mis besos. Comenzábamos a entendernos bien con esos gestos. Le puse las
zapatillas y caminó hasta el sillón.
-Vé al armario del baño y tráeme las sandalias rojas. Las de tiras estrechas
que se atan a la pierna.
Cuando le traje las sandalias ella ya se había puesto una minifalda y un top.
La verdad es que era un atuendo algo juvenil para una persona de su edad, pero
puedo asegurarles que no tenía nada que envidiar a una quinceañera. Debí
embelesarme demasiado mirándola, porque, sin avisar, un sonoro bofetón se
estrelló contra mi mejilla derecha.
-Estás tonto o qué. Ponme de una vez las jodidas sandalias que tengo prisa. A
este paso te voy a tener que cobrar por mirar.
Aturdido y nervioso, le quité las zapatillas y le puse las sandalias, atándole
con cuidado las tiras por las piernas.
Ella miró cómo le quedaban, dio su aprobación y me dejó sus instrucciones:
-Voy a bajar abajo para esperar a mis amigas. No te muevas de aquí, ordena
bien todo y permanece muy atento porque cuando dé dos palmadas tienes que
bajar ipso-facto y arrodillarte delante de mí. Yo me ocuparé de recibirlas, no
bajes hasta que no te llame y te quiero vestido con un traje que verás en
aquel armario. Era de mi novio y te sentará bien, ya verás.
Se marchó por la escalera, y me concentré en hacer bien su cama, recoger las
zapatillas y poner un poco de orden. A continuación abrí el armario para
buscar ese traje. Pensé que querría dar otra impresión delante de sus amigas,
que no quería que se enterasen de nuestro juego, pero cuando vi el traje lo
comprendí todo mejor. Era un jodido traje de mayordomo, con pantalones verdes
con una tira lateral y un chaleco a rayas. Una pajarita completaba el atuendo.
Al parecer su novio no tenía mucha autoridad en esa casa....
Ya vestido, permanecí muy atento por si me llamaban. No estaba seguro de poder
escuchar bien esas palmadas desde donde estaba.
Sonó el timbre, y escuché cómo ella abría la puerta. Saludos, besos,
risas....Volvió a sonar el timbre otras dos veces más, y ya se escuchaba un
murmullo. Realmente no sabía cuánta gente podía haber ahí abajo, tampoco sabía
si habría algún hombre, o alguna persona conocía mía, y me entró una gran
sensación de tranquilidad y desasosiego. Hasta ahora todo lo que había
sucedido entre nosotros formaba parte de un mundo cerrado, era cosa de los
dos, pero ahora, de alguna manera, iba a hacerse público. Más personas iban a
conocer mi situación, en una ciudad las noticias vuelan y...De repente escuché
dos palmadas.
Noté que me estremecía por dentro. Probablemente, debido al miedo que sentía
ante una situación novedosa. Hasta ahora, y pese a lo inexplicable de los
acontecimientos, todo parecía quedar en un secreto entre ella, yo y las
paredes de esa casa. Pero ahora venían personas desconocidas, extrañas, quizá
incluso podía conocer a alguna de las amigas de Sam. ¿Qué iba a hacer
entonces? Decidí que era mejor no pensar en ello, me armé de valor y tomé el
camino de la escalinata que bajaba al salón.
Cuando descendía por la escalera, pude hacerme una composición de lugar de la
situación. Había cinco mujeres incluida Sam. Estaban de pié al lado de la
mesa, charlaban desordenadamente y bebían champán. No parecieron reparar en mi
presencia hasta que yo me arrodillé ante Sam e incliné la cabeza. De repente,
se hizo el silencio. Noté cómo un terrible sentimiento de vergüenza e
inquietud se apoderaba de mí...
Sam, sin mirarme, adelantó un pasito su pie derecho. Entendí el gesto en
seguidaj, bajé la cabeza y besé la punta de su sandalia.
Inmediatamente comencé a escuchar gritos, exclamaciones y voces de sorpresa.
–Pero, ¿qué coño está pasando aquí? Decía una de sus amigas. Y este, ¿de dónde
ha salido? Decía otra. –acláranos esto, Sam, que yo estoy empezando a flipar
en colores, dijo otra.
-Tranquilas, chicas, tranquilas, que ahora os enteraréis, yo os explico. De
todos modos, vaya escándalo me estáis montando por nada. Mirad, vamos a
sentarnos y os lo cuento todo con calma.
Dejaron sus vasos y se dirigieron a la zona del sofá y los sillones. Sam
retiró su pie de mis labios y desapareció con ellas. Dudé en quedarme allí de
rodillas o seguir a Sam, puesto que no me había ordenado nada. Pero
afortunadamente opté por la segunda opción, pensando que probablemente Sam
esperaba que yo comprendiese sus deseos sin necesidad de dar órdenes. Así que
fui hasta donde ella se sentó, y me arrodillé de nuevo frente a ella, con la
cabeza inclinada hacia abajo.
Sam explicó entonces a sus amigas cómo había sucedido todo. Les contó la
surrealista historia, que yo la había atropellado con el coche, que iba por
ahí sin seguro, y que habíamos llegado al acuerdo de que la serviría a cambio
de no denunciarme.
-Y eso es, chicas. Esto no es más que un acuerdo entre iguales, una solución
pactada, no me digáis que no he sido generosa. Si este tipo llega a topar con
otra persona probablemente no podria conducir en tres años, y encima habría
tenido que soltar una pasta. (por si el lector no repara en ello, es necesario
decir que no tener coche en los Estados Unidos equivale a perder toda la
autonomía, incluso a perder el trabajo, dada la especial configuración de
aquel país, y su ausencia de servicios públicos de transporte). Le ha salido
realmente barato, por eso está tan dócil, y, para más inri, tengo la impresión
de que hasta disfruta, y no estoy de coña.
Tras las palabras de Sam, se hizo un murmullo. No podía ver, pues estaba
mirando hacia el suelo, pero había diversidad de opiniones. Desde expresiones
de asombro, hasta otras de indignación, y otras de curiosidad y morbo. Sus
amigas hicieron toda clase de preguntas sobre la situación. Si de verdad ella
disfrutaba con todo eso, si lo encontraba natural, si todo era una broma, etc.
-Bromas, ninguna, inquirió Sam. Ya os he dicho que esto es un acuerdo, y, os
voy a decir más. Nunca había probado esto, pero ahora que ya lo he hecho, de
verdad, no sabéis lo que os perdéis. Estoy encantada con mi nuevo “juguete”.
Además, no lo he usado todavía sexualmente, pero lo estoy pensando seriamente.
Y mientras tanto vosotras, ¿qué? Los sábados a intentar ligar por ahí con
tipos de los que además esperáis que os respeten. Y, cuando al final os
lleváis uno a la cama, la mayor parte de las veces descubrís que todo lo que
el tipo busca de vosotras es que le hagáis una mamada, que le dejéis tener
sexo anal y, si os descuidáis, al final pretenden incluso correrse en vuestra
cara. Y, estamos en lo de siempre. Si el tipo te gusta y accedes a sus
demandas, corres el riesgo de que te tome por una puta facilona, y si te
plantas tienes miedo de ser tomada por una estrecha, y que busque por ahí
fuera lo que no quieres darle tú. ¿Digo cosas que no son ciertas, amigas?
¿Exagero? Los tíos son unos cerdos, lo malo es que no podemos pasar sin ellos.
Así que no me censuréis porque yo intente librarme de todo eso…
Las amigas de Sam no dijeron nada, tan sólo miradas entre ellas, sabedoras de
que algo de razón había en lo que había comentado.
-Me parece que lo estás tergiversando un poco, dijo una de ellas. Un hombre es
un hombre, y esto que tienes tú aquí es…no sé cómo llamarlo.
-No, no sabes cómo llamarlo, espetó Sam. Y…¿cómo llamarías a ese último chico
tan amable por el que te pasaste una tarde entera cocinando, y que al final de
la noche, y después de haberse comido tu laboriosa cena, bebido tu vino de
reserva, follado tu coño y tu culo, te “informó” de un pequeño detalle que
había olvidado, que era que estaba casado, y desapareció porque tenía prisa
cuando tú todavía tenías caliente su semen dentro de ti? ¿Te gustan los
hombres, verdad? Pues te diré una cosa: quizás esto no sea un hombre, pero te
aseguro que lo prefiero.
-¿No quieres que te haga una demostración de sus capacidades? Volvió a la
carga Sam.
-No, gracias. Estoy bien así, dijo su amiga bastante enojada, sobre todo por
que Sam había contado ese episodio que le había pasado y que sólo ellas dos
conocían hasta entonces.
-Bueno, esto es un país libre. Tú lo pierdes, ¿verdad, mucamo? Mientras decía
estas palabras, Sam bajó suavemente con su mano mi cabeza hasta el suelo y me
puso encima su graciosa sandalia, al tiempo que me acariciaba con la suela el
cuero cabelludo distraídamente.
-Sam, a mí me gustaría probar, dijo otra de ellas.
-Claro que sí, Sheila, respondió Sam. Creí que al final ibais a llamar a la
policía. Con lo ilusionada que yo estaba por mostrar mi nueva adquisición….
Sam me levantó algo la cabeza con su pie y dirigió mi mirada hacia Sheila.
-¿La ves? Es mi amiga Sheila. No me hagas quedar mal, mucamo, y aplica todas
las lecciones que has aprendido, ok?
-Sheila, para ti, dijo Sam liberando por fin mi cabeza de la opresión de su
sandalia.
Pero Sheila no decía nada. Parecía no saber qué hacer. Tímidamente dijo:
-Acérquese hasta aquí y bese mi mano.
-Ja, ja . Acérquese, bese, parece que estás en una entrevista de selección de
personal Sheila. No son necesarios tantos formalismos. Yo le llamo mucamo. La
verdad es que me dijo su nombre pero ya lo he olvidado…
-Mucamo, besa la punta de mis botas. ¿Ves esa suciedad? Es del camino que va
desde el coche hasta aquí. Cuando vuelva a mirar no quiero verla.
Cumplí la orden de Sheila, que parecía comenzar a entender de qué iba todo
esto, y limpié con mi lengua la suciedad que había en la punta de sus botas.
Acababa de terminar, cuando escuché otra voz:
-¡Ahora ven aquí!.
-¡Angela! ¡Tú también te has animado! Vamos mucamo, vé a saludar a Ángela.
Ángela estaba en el sofá de enfrente, dejé a Sheila y fui a cuatro patas hacia
ella. Cuando llegué a su lugar, ví con sorpresa que se había quitado el zapato
derecho y me miraba entre nerviosa y divertida.
-Besa mi pie, quiero que le des muchos, muchos besitos. El pie desnudo de
Angela estaba apoyado en el suelo, y mantenía la otra pierna cruzada.
Cumplí su orden y comencé a cubrir de besos el pie derecho de Angela. Noté al
poco tiempo que se había quitado el otro zapato y que su pie izquierdo
acariciaba mi cuello, y otras veces lo presionaba.
-Oye, esto es fantástico!, dijo Angela contenta como si le hubiesen regalado
un juguete nuevo. Es dócil, no opone resistencia, procura hacerlo bien. ¡Es un
chollo, Sam!
-Pues claro, Angela. Sabía que a ti te gustaría. Pero ahora deja de presionar
sobre su cuello, al final me lo vas a ahogar y no tengo otro.
-Bien, por lo menos os ha gustado a vosotras dos. A ver, sentémonos juntas y
que el mucamo nos sirva de reposapies. Ven aquí Angela. Y tú, mucamo,
extiéndete aquí delante de nuestros pies. Cabeza arriba y sentidos abiertos.
Me tumbé boca arriba en sentido horizontal debajo del sofá, de forma que ellas
pusieron sus pies calzados encima mío y continuaron charlando sin prestarme
demasiada atención.
-Ah, quítame esta sandalia mucamo. Es nueva y creo que me hace un poco de
daño. Era Sam.
Con un solo tirón desaté la tira de su sandalia, la dejé en el suelo y ella
comenzó a acariciarme el rostro con su planta. Eso produjo en mí una erección
involuntaria de la que inmediatamente se apercibió Sheila.
-Eh, Sam, tu mucamo está en pié de guerra. Sam sonrió satisfecha, y le
respondió:
-Ya ves Sheila. No necesita mamadas. Por eso os dije que no creo que tarde en
follármelo a mi gusto. No será muy viril, pero cuando tenga mi orgasmo os
aseguro que no se dormirá. La que se dormiré seré yo, pero sintiendo cómo me
besa los pies sin descanso.
A Sheila y a Angela cada vez parecía seducirles más la situación. Continuaron
charlando pero yo, probablemente debido a la falta de sueño, caí traspuesto no
sé por cuánto tiempo.
Un pie cuyos dedos hacían pinza con mi nariz me despertó.
-Vamos mucamo, la sandalia, que se van mis amigas.
Le volví a poner la sandalia y me dirigí hacia la puerta para despedirlas.
En general todas dijeron haber pasado una buena noche, incluso las dos que no
habían querido entrar en el juego. Angela se mostró particularmente
interesada, incluso escuché cómo preguntaba a Sam si sería posible disponer de
mí en alguna ocasión.
No pude escuchar la respuesta porque las cinco se alejaron por el jardín hacia
sus vehículos, y yo me quedé guardando la puerta.
A los pocos minutos Sam regresó. Me incliné para besar sus pies como de
costumbre, y noté que estaban algo polvorientos. Probablemente hacía viento
fuera.
-Mucamo, estoy cansada. Anda, sube arriba y tráe las zapatillas. No quiero
caminar con estas sandalias ni un paso más.
Subí arriba, tomé sus zapatillas, y cuando regresé ella estaba todavía en la
puerta. Desaté sus sandalias y ví que sus pies habían cogido bastante polvo.
-¿Desea tomar un baño, señora? Le pregunté.
-No, estoy agotada y perdería mucho tiempo.
-Podría traerle agua caliente y tomar, simplemente, un baño de pies. Realmente
me estaba convirtiendo en un tipo con iniciativa.
-Se me está ocurriendo una idea mejor. Quiero el baño que tendría una reina.
He de reconocer que puse cara de póker. ¿Qué sería lo que quería? ¿Leche de
burra, acaso? Pero pronto salí de mi confusión.
-Vas a tener el privilegio de bañar mis pies con tu lengua. Supongo que no te
importará tragar un poquito de polvo, ¿no? Son bacterias menores, no te
preocupes. Vamos, me siento en el sillón y empiezas, ¿ok? Primero los dedos,
porfa.
Se sentó en el sillon, me puse frente a ella, tomé su pie derecho entre mis
manos y comencé a lamer, he de confesar que con cierto reparo. Sam aprovechó
para descansar su pie izquierdo en mi espalda. Tenía un sabor extraño, mezcla
de polvo y olor corporal. Poco a poco terminé de lamer sus dedos, y procedí
después con sus suaves plantas. Aquí tuve que aplicarme más porque había algo
de suciedad incrustada, probablemente polvo que había entrado antes a través
de la sandalia. Finalmente, el empeine, la parte más fácil. Durante mi
trabajo, pude ver el rostro de Sam en alguna ocasión. Estaba bellísima, no
reía, pero su expresión era de total tranquilidad y desde arriba miraba mi
trabajo con interés.
Repetí la operación con el otro pie, y al final mi lengua ya estaba seca de
tanto lamer. Pero mantuve el tipo, y cuando creí que todo estaba ya perfecto
puse sus dos pies sobre la palma de mis manos y le dije:
-Señora, creo que ya está lista.
Sam inclinó algo su cabeza para examinar el resultado, y en seguida ví una
mirada de aprobación.
-Muy bien, mucamo. Eres eficiente. ¿Sabes? Creo que este baño lo repetiremos
en más ocasiones. Es ecológico y si quieres que te diga algo, bastante más
gratificante que un baño normal. Venga, sécame y nos vamos a la camita.
Hice ademán de levantarme para buscar una toalla, pero noté cómo Sam me
detenía presionando con su pie mi hombro hacia abajo.
-Mucamo, mucamo. A veces me pones contenta, y otras me decepcionas. ¿No has
oído que he hablado de baño ecológico? ¿Acaso manchar una toalla es ecológico?
¿Se te ocurre algún secador ecológico? Piensa, piensa.
Comprendí inmediatamente y comencé a secar sus pies con mi respiración.
Realmente Sam era original cuando quería. Esa mezcla de mala leche con dulzura
en pequeñas dosis me estaba volviendo realmente loco.
-Notable en ecología, me dijo ella finalmente cuando notó sus pies secos.
Anda, ponme las zapatillas que me voy a la cama ya.
Le puse las zapatillas, la seguí hasta su habitación, la ayudé a desnudarse y,
ya sentada en la cama, le quité las zapatillas y besé sus pies de nuevo. La
escuché decir:
-Debo admitir que me estás sorprendiendo gratamente. Nunca, nunca pude imaginr
que tendría a un hombre a mi disposición de esta manera. Ha sido una suerte
habernos encontrado. ¿No opinas igual?
-Sí, señora, respondí yo tímidamente.
-Es increíble. Aquí estoy, tratada como una reina, mientras el mundo se hunde.
A veces los sueños se cumplen. Y además estoy convencida de que puedo sacarte
mucho más partido. Tengo la impresión de que esto sólo es el comienzo, porque
aprendes bien. Mucamo, no creas que se me ha pasado por alto que te gusta todo
esto. No sé si también era tu sueño o era un sueño escondido en tu
subconsciente, pero percibo que estás loco por mí. Así que, aunque te has
visto obligado por las circunstancias a esta situación, puede que quieras
prolongarla tú mismo.
Yo escuchaba toda su disertación mientras besaba lentamente sus pies. Quizá
ella tenía razón, después de todo. Comencé a preguntarme si mi lugar y mi
destino no serían precisamente esto que ahora estaba viviendo. Mientras besaba
sus pies, noté que me sentía orgulloso de poder hacerlo, que me gustaba. ¿Me
estaría volviendo definitivamente loco, o sería víctima de algún extraño
síndrome de Estocolmo?
-Voy a serte sincera mucamo. No sé si te gusto más yo o mis pies. Pero el caso
es que me da igual. Sea lo que sea, a mí también me gusta. Voy a convertirte
en el mejor sirviente personal, en el mejor lamepies, en la mejor alfombra, en
el mejor pedicuro, en el mejor seca-pies, pero también en el mejor amante de
mis pies. Sospecho que algún día igual hablas con ellos, ja, ja. Mírame a los
ojos.
-Dejé de besar sus pies, la miré pero no pude ver su rostro. Sólo ví la planta
de su pie sobre mi cara y noté un empujón que me hizo salir despedido.
-Buenas noches…que descanses.
Empezaba a acostumbrarme a sus caprichosas bromas. Salí de la habitación y fui
hacia mi dormitorio para descansar yo también. El día había sido realmente
movido, habían sucedido muchas cosas y estaba agotado física y mentalmente.
Reflexioné sobre la idea que me había pasado por la cabeza de quedarme allí
para siempre, pero la deseché de inmediato por ser delirante. ¿Cómo iba a
perder mi trabajo? ¿De qué viviría? Definitivamente, esa casa, o esa mujer,
estaban afectando a mi lucidez.
Sin embargo, algo había cambiado en mí. A mi indignación inicial, y mi deseo
por acabar cuanto antes con esta surrealista historia, había continuado toda
esta serie de pensamientos. ¿Por qué demonios me sentía transportado al
séptimo cielo cuando estaba a sus pies? Dios, qué complicado era todo.
Pensando en ello, caí agotado en un profundo sueño….
CONTINUARÁ
santiagoo
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